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miércoles, 14 de marzo de 2012

Las personas y sus verbos

Imaginad que las personas pudieran etiquetarse con  cualquier tiempo verbal, con esas frases que empleamos inconscientemente, que aprendemos en la escuela y que olvidamos su nombre ya de adultos aunque los seguimos utilizando todos los días sin darnos cuenta de ello. 

Dime, oh lector, mon frère, ¿qué serías? ¿Cómo habría que conjugarte? ¿Tal vez tendrías cara de pretérito imperfecto? ¿O te mostrarías como un sólido y seguro de sí mismo presente de indicativo? ¿Quizás te etiquetarías con un inquietante y oscuro futuro de subjuntivo? ¿O tendrías el aspecto del clásico pretérito pluscuamperfecto que solo los más avezados en lingüística saben para qué sirve? ¿Acaso te parecerías a un dictador enfundado en un imperativo caprichoso? 

Construimos el siguiente poema a partir de ese juego...

La ilustración la hemos visto en el blog de una profe de literatura llamada Sara. Un millón de gracias, Sara. Aquí está el link... No sabemos si la ilustración es de ella ya que la hemos visto también en otros blogs. Agradecemos al autor o a la autora, en cualquier caso, el talento mostrado. Muy divertida, muy sugerente.





Diría que tu pasado 
es más imperfecto que pretérito, 
pero quién soy para conjugarte. 
De los pasados en pasado 
que se caen de los bolsillos cotidianos de los relojes, 
de los que parece que siempre se aprende algo, 
o de los que marcan su estampa terrible e indeleble, 
extraigo estas palabras 
viudas de sujetos y de predicados 
que hablan en presente de tu presente,  
un regalo, o un presente, su segundo apellido, 
este en el que vives, cantas, sueñas, bailas, 
te enfadas o rompes a reír en un mar de carcajadas. 
Si me dejas,  
me acurruco entre el nosotros y el vosotros 
de la oración que escribimos o escribisteis. 
En tu futuro de color indicativo, 
me colgaré de tu brazo, con disimulo, 
con o sin equipaje de mano, 
qué importa discutir los pormenores ahora,  
donde buscaré formar parte, ojalá, 
de vuestros verbos y de sus conjugaciones.
 

Diría que conozco a cierto niño rubio, 
inventor de mundos mejores 
que faltan por inventarse,  
arquitecto e ingeniero de los sueños 
que aún sueñan los soñadores.  
Diría también que tengo noticias 
de una niña de ojos grandes, 
carita de luz,
por la que matarán los artistas, 
que lleva con mucha gracia sus dos coletas, 
que le dice a su madre 
que es un sol con rayitos, 
que habla sin parar de hablar  
aunque no haya erres en su boca. 
Afirmaría que mis manos 
los pintan en este poema 
con pinceles de futuro. 
Serán esto o aquello, 
imposible negárselo,  
vivirán, volarán, sufrirán, amarán.  
Son mañana 
en el hoy donde me los imagino.
 

Diría que la tercera persona del singular 
de este poema y de esta estrofa, 
soy yo con la piel curtida de adverbios 
y de verbos irregulares, 
difíciles de conjugar correctamente. 
Me visto con los tonos cautelosos  
de cualquier modo subjuntivo,  
porque querría que me cercaras 
y me invadieras, sin negociación mediante, 
sin adjetivos ocultos ni calculados 
que me traicionen a última hora 
por una treintena de monedas de plata, 
ni quisiera o quisiese formas verbales compuestas 
que todo lo hubieren complicado aún más. 
Porque desearía  
que se fugaran mis fantasmas 
a otro tiempo verbal,  
a uno caduco, en desuso y remoto, 
alejado de mi presente, 
desconocido en la estación del futuro,  
que tuviera un matiz de recuerdo  
que se abandonara a la suerte de su olvido.




(Voz en off)

Finaliza el poema, poeta, 
dale carpetazo, 
antes de que pierda la paciencia.
 

Déjalo irregular, 
en un tiempo verbal imperfecto, 
el que sea.
 

Deja de dar la brasa 
con lo que fue,  
es o será.
 

Como diría tu padre, 
andando,  
que es gerundio.

domingo, 19 de febrero de 2012

Rayuela. Capítulo 136

Capítulo 136


La manía de las citas en Morelli: 
«Me costaría explicar la publicación, en un mismo libro, de poemas y de una denegación de la poesía, del diario de un muerto y de las notas de un prelado amigo mío...» 

GEORGES BATAILLE, Haine de la poésie. 



domingo, 15 de enero de 2012

La Petite mort

A petición de una oyente, -benditos sean- hoy en Impresiones queremos dedicar este post al maestro uruguayo Eduardo Galeano, poeta y escritor imprescindible, nacido en Montevideo en 1940. Es un post que aconsejamos degustar lentamente, ya que hay pequeños textos de mucha enjundia, varios vídeos interesantes, ilustraciones, un pequeño poema...

No nos gusta hacer post biográficos. De hecho, no lo vamos a hacer. Para eso está Google, Wikipedia, los señores bajitos, calvos, con bigote y que llevan trajes impolutos de color cementerio. Son biógrafos de profesión... 

Contar biografías es bastante aburrido, la verdad. Es mucho más interesante buscar y bucear sobre los textos que ha creado el uruguayo, que son unos cuántos. Un autor habla con sus obras, sus textos, sus palabras. Qué mejor homenaje que seleccionar un puñado de ellos. Extraemos todos de El libro de los abrazos.

En Impresiones nos gusta pensar que hay que dar siempre, se reciba o no, algo a cambio, ser generoso en la vida. No es casual que compartamos gratuitamente todo. Y en este caso concreto, Eduardo Galeano nos ha prestado muchísimo. Al final de este largo post, lleno de giros y sorpresas, casi oculto, casi desapercibido, casi invisible para el lector de una ojeada, dejamos un pequeño poema, nuestro pequeño homenaje, la petite mort.


"Soy un escritor que quisiera contribuir al rescate de la memoria secuestrada de toda América, pero sobre todo de América Latina, tierra despreciada y entrañable".
(extraído de Wikipedia)

La casa de las palabras

A la casa de las palabras, acudían los poetas. Las palabras, guardadas en viejos frascos de cristal, esperaban a los poetas y se les ofrecían, locas de ganas de ser elegidas: ellas rogaban a los poetas que las miraran, que las olieran, que las lamieran.
Los poetas abrían los frascos, probaban palabras con el dedo y entonces se relamían o fruncían la nariz. Los poetas andaban en busca de palabras que no conocían, y también buscaban palabras que conocían y habían perdido.
En la casa de las palabras había una mesa de los colores. En grandes fuentes se ofrecían los colores y cada poeta se servía del color que le hacía falta: amarillo limón o amarillo sol, azul de mar o de humo, rojo lacre, rojo sangre, rojo vino...


Visto en el blog La casa de las palabras
El origen del mundo

Hacía pocos años que había terminado la guerra de España y la cruz y la espada reinaban sobre las ruinas de la República. Uno de los vencidos, un obrero anarquista, recién salido de la cárcel, buscaba trabajo. En vano revolvía cielo y tierra. No había trabajo para un rojo. Todos le ponían mala cara, se encogían de hombros o le daban la espalda. Con nadie se entendía, nadie lo escuchaba. El vino era el único amigo que le quedaba. Por las noches, ante los platos vacíos, soportaba sin decir nada los reproches de su esposa Beata, mujer de misa diaria, mientras el hijo, un niño pequeño, le recitaba el catecismo.
Mucho tiempo después, Joseph Verdura, el hijo de aquel obrero maldito, me lo contó. Me lo contó en Barcelona, cuando yo llegué al exilio. Me lo conto: él era un niño desesperado que quería salvar a su padre de la condenación eterna, y el muy ateo, muy tozudo, no entendía razones.
-Pero papá -le dijo Joseph, llorando-. Si dios no existe ¿quién hizo el mundo?
-Tonto -dijo el obrero cabizbajo, casi en secreto- Tonto. Al mundo lo hicimos nosotros, los albañiles.


Vista en el blog de Taringa  

La vida profesional /3

Los banqueros de la gran banquería del mundo, que practican el terrorismo de dinero, pueden más que los reyes y los mariscales y más que el propio Papa de Roma. Ellos jamás se ensucian las manos. No matan a nadie, se limitan a aplaudir el espectáculo.

Sus funcionarios, los tecnócratas internacionales, mandan en muchos países: ellos no son presidentes, ni ministros, ni han sido votados en ninguna elección, pero deciden el nivel de los salarios y del gasto público, las inversiones y las de sinversiones, los precios, los impuestos, los intereses, los subsidios, la hora de salida del sol y la frescura de las lluvias.

No se ocupan, en cambio, de las cárceles, ni de las cámaras de tormentos, ni de los campos de concentración, ni de los centros de exterminio, aunque en esos lugares ocurren las inevitables consecuencias de sus actos. Los tecnócratas reivindican el privilegio de la irresponsabilidad:

-Somos neutrales -dicen.


Fotografía vista en el blog Un cuento por día

Mapamudi
 

La pequeña muerte (Petite mort)

No nos da risa el amor cuando llega a lo más hondo de su viaje, a lo más alto de su vuelo: en lo más hondo, en lo más alto, nos arranca gemidos y quejidos, voces de dolor, aunque sea jubiloso dolor, lo que pensándolo bien nada tiene de raro, porque nacer es una alegría que duele.



Vista en el blog de Eduardo Galeano 

Pequeña muerte, llaman en Francia a la culminación del abrazo, que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos nos empieza. Pequeña muerte, la llaman; pero grande, muy grande ha de ser, si matándonos nos nace.

*****

El poema prometido. Para ilustrarlo, nos ha parecido una idea adecuada emplear esta acuarela con homónimo nombre. La firma magníficamente Juan Carlos Gardesin. Un millar de gracias para él por su trabajo. Además, compartimos como prólogo un vídeo muy sugerente de una poética visual muy elegante. Ambos, ilustración y vídeo nos han inspirado el poema fabricado.



Ilustración vista en el blog juankarcardesin, realizada por Juan Carlos Gardesin 



Vídeo y texto realizado por Late Chocolate


Es ahora blanca mi respiración,
mi corazón latió en un matiz rojo sangre
cuando estalló y se escapó desbocado de mi boca,
cuando me desplomó en un momento,
cuando calló de latir.

Pero ya no,
respiro plácidamente en blanco.
Dejé de contar los besos húmedos,
porque no cabían más 
en la piel de un poema como éste.

Se olvidaron las hermosas caricias
de las delicadas formas que acostumbran,
perdieron sus buenas maneras, sus intenciones,
y dejaron el permiso y la prudencia
al principio de la cama.

Los gritos amontonados
ahogaron mis turbias palabras
y se hicieron fuertes en mi garganta.
Sé que he muerto hace un segundo 
y que no quiero resucitar en el siguiente.

viernes, 6 de enero de 2012

Advertencia al lector

Sus majestades han venido en forma de antología poética de Nicanor Parra, el flamante premio Cervantes 2011. Teníamos muchas ganas de compartir la ironía de este chileno, eterno aspirante al premio Nobel de Literatura. Debe ser que estos suecos no tienen mucho sentido del humor. Si no, nos se comprende. Este link os lleva a su web, de la Universidad de Chile. Muy recomendable.


Visto en el blog de Elena Etxgoyen, ilustrado por Azarías Muñoz Zúñiga


Os dejamos con dos oraciones del maestro. Una de ellas lleva un mensaje oculto, el verdadero dios, el líquido del imperio.

Padre nuestro 

Padre nuestro que estás en el cielo
Lleno de toda clase de problemas
Con el ceño fruncido
Como si fueras un hombre vulgar y corriente
No pienses más en nosotros.
Comprendemos que sufres
Porque no puedes arreglar las cosas.
Sabemos que el Demonio no te deja tranquilo
Desconstruyendo lo que tú construyes.
El se ríe de tiPero nosotros lloramos contigo:
No te preocupes de sus risas diabólicas.
Padre nuestro que estás donde estás
Rodeado de ángeles desleales

Sinceramente: no sufras más por nosotros

Tienes que darte cuenta

De que los dioses no son infalibles

Y que nosotros perdonamos todo.



Hay un estupendo blog llamado Dinora94, donde podéis hallar abundante información sobre el maestro chileno. Extraemos algunas imágenes del blog de Dinora para sacar de nuestro armario las sonrisas que guardamos con cuidado. Desde aquí, nuestro más sincero agradecimiento a Dinora por un aporte tan currado.




ARTEFACTOS POÉTICOS














lunes, 2 de enero de 2012

El sueño es un poema

Le tenemos ganas a este 2012 primerizo. Le queremos golpear sin piedad, hasta que quede  exhausto, sin aliento y totalmente desconcertado. Ya tendrá tiempo de vapulearnos día tras día a lo largo de los próximos doce meses.

Hace poco nos inspiramos en una imagen del blog Canto de espumas. Hoy hemos querido volver a tentar a la vieja musa y nos hemos topado, gratamente -por qué no confesarlo- con una imagen titulada El sueño es un poema, un post antiguo. Con ese título, no nos hemos podido resistir, claro está, a fabricar un poema. Hemos sacado del sueño, este poema. Como siempre, un millón de gracias a Juan y Tania por el talento mostrado en su blog, de donde nos nutrimos de vez en cuando y que esperamos nos dejen volver, aunque sea como al vecino pesado que siempre se le acaba la sal. Ellos saben que aquí, en Impresiones, tienen su casa.

Debemos reconocer que los poemas que últimamente compartimos, son reflexivamente tristes (o tristemente reflexivos) porque de las imágenes de las que nacen también lo son. La pregunta que hay que hacerse es quién trajo la tristeza a nuestra puerta, la imagen que nos hechizó o fue el propio poema quien nos indujo esa búsqueda. Dejamos la frase sin respuesta.

Antes del poema, entresacamos algunas reflexiones que aparecen en ese post:
"El sueño es un poema, nuestro poema, el de cada uno. Un poema intensamente vivido, lo dijo con otras palabras aquel poeta chino del que nos separan varios milenios: Anoche soñé que era una mariposa, y ahora no sé si soy un hombre que ha soñado que era una mariposa, o una mariposa que está soñando que es un hombre".
(...)
"Vivir cotidianamente es vivir para hacer, para manipular, asumir un rol y un status socialmente creado, a veces como una prisión. Soñar es desprenderse de todo eso y sumergirse en la propia subjetividad."

Al fondo de la escena,
quienes me miran mudos
son los impávidos ojos de la vida que he vivido,
los que observan cómo se definen mis errores
o se esconden mis aciertos entre la basura acumulada.
Esa mirada sabe que en ambas prisiones me hallo.  
Me contempla en una película en blanco y negro
mientras reconoce, distingue y clasifica
el material que custodia en ese lado de la orilla.
Y permanece tranquila, a la espera.

Después, en la mitad de la secuencia
se encuentra lo que el mar y el tiempo
han arrastrado hasta el dique dormido
donde se apoya mi espalda.
Se acumula lo cotidiano que me increpa
ritmos de baile que desconoce mi piel de mármol.
Descubro que el sueño es un poema
donde me refugio cuando estoy despierto,
cuando la ausencia que vivo
es un verso con el ritmo inadecuado.

Finalmente, en primer plano,
quien se oculta sin palabras

debe ser lo que soy o lo que queda,
o quien fui o lo que seré
o lo que quise ser...
Nunca recuerdo bien los tiempos verbales.
Me doy cuenta 
de que es un viejo soldado de piedra que lucha
por dejar de ser estatua
que a pesar de todo, aún sueña.









sábado, 10 de diciembre de 2011

Rayuela. Capítulo 3

Capítulo 3



El tercer cigarrillo del insomnio se quemaba en la boca de Horacio Oliveira sentado en la cama; una o dos veces había pasado levemente la mano por el pelo de la Maga dormida contra él. Era la madrugada del lunes, habían dejado irse la tarde y la noche del domingo, leyendo, escuchando discos, levantándose alternativamente para calentar café o cebar mate. Al final de un cuarteto de Haydn la Maga se había dormido y Oliveira, sin ganas de seguir escuchando, desenchufó el tocadiscos desde la cama; el disco siguió girando unas pocas vueltas, ya sin que ningún sonido brotara del parlante. No sabía por qué pero esa inercia estúpida lo había hecho pensar en los movimientos aparentemente inútiles de algunos insectos, de algunos niños. No podía dormir, fumaba mirando la ventana abierta, la bohardilla donde a veces un violinista con joroba estudiaba hasta muy tarde. No hacía calor, pero el cuerpo de la Maga le calentaba la pierna y el flanco derecho; se apartó poco a poco, pensó que la noche iba a ser larga.



Se sentía muy bien, como siempre que la Maga y él habían conseguido llegar al final de un encuentro sin chocar y sin exasperarse. Le importaba muy poco la carta de su hermano, rotundo abogado rosarino que producía cuatro pliegos de papel avión acerca de los deberes filiales y ciudadanos malbaratados por Oliveira. La carta era una verdadera delicia y ya la había fijado con scotch tape en la pared para que la saborearan sus amigos. Lo único importante era la confirmación de un envío de dinero por la bolsa negra, que su hermano llamaba delicadamente «el comisionista». Oliveira pensó que podría comprar unos libros que andaba queriendo leer, y que le daría tres mil francos a la Maga para que hiciese lo que le diera la gana, probablemente comprar un elefante de felpa de tamaño casi natural para estupefacción de Rocamadour.


Paris. El Sena y el mercado de libros viejos, pintado por ERNEST DESCALS

Por la mañana tendría que ir a lo del viejo Trouille y ponerle al día la correspondencia con Latinoamérica. Salir, hacer, poner al día, no eran cosas que ayudaran a dormirse. Poner al día, vaya expresión. Hacer. Hacer algo, hacer el bien, hacer pis, hacer tiempo, la acción en todas sus barajas. Pero detrás de toda acción había una protesta, porque todo hacer significaba salir de para llegar a, o mover algo para que estuviera aquí y no allí, o entrar en esa casa en vez de no entrar o entrar en la de al lado, es decir que en todo acto había la admisión de una carencia, de algo no hecho todavía y que era posible hacer, la protesta tácita frente a la continua evidencia de la falta, de la merma, de la parvedad del presente. Creer que la acción podía colmar, o que la suma de las acciones podía realmente equivaler a una vida digna de este nombre, era una ilusión de moralista. Valía más renunciar, porque la renuncia a la acción era la protesta misma y no su máscara. 


Extraído del blog Ferencias

Oliveira encendió otro cigarrillo, y su mínimo hacer lo obligó a sonreírse irónicamente y a tomarse el pelo en el acto mismo. Poco le importaban los análisis superficiales, casi siempre viciados por la distracción y las trampas filológicas. Lo único cierto era el peso en la boca del estómago, la sospecha física de que algo no andaba bien, de que casi nunca había andado bien. No era ni siquiera un problema, sino haberse negado desde temprano a las mentiras colectivas o a la soledad rencorosa del que se pone a estudiar los isótopos radiactivos o la presidencia de Bartolomé Mitre. Si algo había elegido desde joven era no defenderse mediante la rápida y ansiosa acumulación de una «cultura», truco por excelencia de la clase media argentina para hurtar el cuerpo a la realidad nacional y a cualquier otra, y creerse a salvo del vacío que la rodeaba. Tal vez gracias a esa especie de fiaca sistemática, como la definía su camarada Traveler, se había librado de ingresar en ese orden fariseo (en el que militaban muchos amigos suyos, en general de buena fe porque la cosa era posible, había ejemplos), que esquivaba el fondo de los problemas mediante una especialización de cualquier orden, cuyo ejercicio confería irónicamente las más altas ejecutorias de argentinidad. Por lo demás le parecía tramposo y fácil mezclar problemas históricos como el ser argentino o esquimal, con problemas como el de la acción o la renuncia. Había vivido lo suficiente para sospechar eso que, pegado a las narices de cualquiera, se le escapa con la mayor frecuencia: el peso del sujeto en la noción del objeto.




La Maga era de las pocas que no olvidaban jamás que la cara de un tipo influía siempre en la idea que pudiera hacerse del comunismo o la civilización cretomicénica, y que la forma de sus manos estaba presente en lo que su dueño pudiera sentir frente a Ghirlandaio o Dostoievski. Por eso Oliveira tendía a admitir que su grupo sanguíneo, el hecho de haber pasado la infancia rodeado de tíos majestuosos, unos amores contrariados en la adolescencia y una facilidad para la astenia podían ser factores de primer orden en su cosmovisión. Era clase media, era porteño, era colegio nacional, y esas cosas no se arreglan así nomás. Lo malo estaba en que a fuerza de temer la excesiva localización de los puntos de vista, había terminado por pesar y hasta aceptar demasiado el sí y el no de todo, a mirar desde el fiel los platillos de la balanza. 


Ilustración vista en el blog granadablogs
En París todo le era Buenos Aires y viceversa; en lo más ahincado del amor padecía y acataba la pérdida y el olvido. Actitud perniciosamente cómoda y hasta fácil a poco que se volviera un reflejo y una técnica; la lucidez terrible del paralítico, la ceguera del atleta perfectamente estúpido. Se empieza a andar por la vida con el paso pachorriento del filósofo y del clochard, reduciendo cada vez más los gestos vitales al mero instinto de conservación, al ejercicio de una conciencia más atenta a no dejarse engañar que a aprehender la verdad. Quietismo laico, ataraxia moderada, atenta desatención. Lo importante para Oliveira era asistir sin desmayo al espectáculo de esa parcelación Tupac-Amarú, no incurrir en el pobre egocentrismo (criollicentrismo, suburcentrismo, cultucentrismo, folklocentrismo) que cotidianamente se proclamaba en torno a él bajo todas las formas posibles. A los diez años, una tarde de tíos y pontificantes homilías histórico-políticas a la sombra de unos paraísos, había manifestado tímidamente su primera reacción contra el tan hispanoítalo-argentino «¡Se lo digo yo!», acompañado de un puñetazo rotundo que debía servir de ratificación iracunda. Glielo dico io! ¡Se lo digo yo, carajo! Ese yo, había alcanzado a pensar Oliveira, ¿qué valor probatorio tenía? El yo de los grandes, ¿qué omnisciencia conjugaba? 


Visto en el blog Desmotiviaciones

A los quince años se había enterado del «sólo sé que no sé nada»; la cicuta concomitante le había parecido inevitable, no se desafía a la gente en esa forma, se lo digo yo. Más tarde le hizo gracia comprobar cómo en las formas superiores de cultura el peso de las autoridades y las influencias, la confianza que dan las buenas lecturas y la inteligencia, producían también su «se lo digo yo» finamente disimulado, incluso para el que lo profería: ahora se sucedían los «siempre he creído», «si de algo estoy seguro», «es evidente que», casi nunca compensado por una apreciación desapasionada del punto de vista opuesto. Como si la especie velara en el individuo para no dejarlo avanzar demasiado por el camino de la tolerancia, la duda inteligente, el vaivén sentimental. En un punto dado nacía el callo, la esclerosis, la definición: o negro o blanco, radical o conservador, homosexual o heterosexual, figurativo o abstracto, San Lorenzo o Boca Juniors, carne o verduras, los negocios o la poesía. Y estaba bien, porque la especie no podía fiarse de tipos como Oliveira; la carta de su hermano era exactamente la expresión de esa repulsa.


Ilustración de Miguel-Almeida

«Lo malo de todo esto», pensó, «es que desemboca inevitablemente en el animula vagula blandula. ¿Qué hacer? Con esta pregunta empecé a no dormir. Oblomov, cosa facciamo? Las grandes voces de la Historia instan a la acción: Hamlet, revenge! ¿Nos vengamos, Hamlet, o tranquilamente Chippendale y zapatillas y un buen fuego? El sirio, después de todo, elogió escandalosamente a Marta, es sabido. ¿Das la batalla, Aduna? No podés negar los valores, rey indeciso. La lucha por la lucha misma, vivir peligrosamente, pensá en Mario el Epicúreo, en Richard Hillary, en Kyo, en T.E. Lawrence... Felices los que eligen, los que aceptan ser elegidos, los hermosos héroes, los hermosos santos, los escapistas perfectos».
Quizá. ¿Por qué no? Pero también podía ser que su punto de vista fuera el de la zorra mirando las uvas. Y también podía ser que tuviese razón, pero una razón mezquina y lamentable, una razón de hormiga contra cigarra. Si la lucidez desembocaba en la inacción, ¿no se volvía sospechosa, no encubría una forma particularmente diabólica de ceguera? La estupidez del héroe militar que salta con el polvorín, Cabral soldado heroico cubriéndose de gloria, insinuaban quizá una supervisión, un instantáneo asomarse a algo absoluto, por fuera de toda conciencia (no se le pide eso a un sargento), frente a lo cual la clarividencia ordinaria, la lucidez de gabinete, de tres de la mañana en la cama y en mitad de un cigarrillo, eran menos eficaces que las de un topo.


Visto en el blog Laberintos literarios

Le habló de todo eso a la Maga, que se había despertado y se acurrucaba contra él maullando soñolienta. La Maga abrió los ojos, se quedó pensando.
—Vos no podrías —dijo—. Vos pensás demasiado antes de hacer nada.
—Parto del principio de que la reflexión debe preceder a la acción, bobalina.
—Partís del principio —dijo la Maga—. Qué complicado. Vos sos como un testigo, sos el que va al museo y mira los cuadros. Quiero decir que los cuadros están ahí y vos en el museo, cerca y lejos al mismo tiempo. Yo soy un cuadro, Rocamadour es un cuadro. Etienne es un cuadro, esta pieza es un cuadro. Vos creés que estás en esta pieza pero no estás. Vos estás mirando la pieza, no estás en la pieza.
—Esta chica lo dejaría verde a Santo Tomás —dijo Oliveira.
—¿Por qué Santo Tomás? —dijo la Maga—. ¿Ese idiota que quería ver para creer?
—Sí, querida —dijo Oliveira, pensando que en el fondo la Maga había embocado el verdadero santo. Feliz de ella que podía creer sin ver, que formaba cuerpo con la duración, el continuo de la vida. Feliz de ella que estaba dentro de la pieza, que tenía derecho de ciudad en todo lo que tocaba y convivía, pez río abajo, hoja en el árbol, nube en el cielo, imagen en el poema. Pez, hoja, nube, imagen: exactamente eso, a menos que...