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lunes, 2 de enero de 2012

La soledad del bloguero de fondo. Día 4

Llevo un tiempo queriendo escribir este post, un post que nos definiera, que nos describiera de algún modo, qué dijera qué es Impresioneslasjustas y qué busca. Pero por una razón u otra, lo he ido aplazando por otros que han usurpado su lugar. Primer intento. Pensé sacarlo adelante cuando llegamos al post número 100, pero al final fue más lúdico que reflexivo con el post dedicado al maestro Joaquín Sabina y sus Más de cien mentiras. No creía que un momento tan grato lo interrumpiera un post como el que tenía en la cabeza. Tocaba reírse y mucho. Y eso hicimos. No cabía plantear una filosofía de vida, una manera de entender la cultura y en especial la poesía. Hablo de una forma editar y de compartir.



Ilustración vista en la web dsgnr.cl. Imagen diseñada por Guillaumit 

Segundo intento. Estuve a punto de escribirlo como último post del año 2011, pero La vie en rose me quitó la idea de la cabeza. La vida, aunque no es color de rosa, en los tiempos que corren nos tenemos que autoengañar de alguna forma para seguir adelante con los proyectos que hay en mente. Como darte una invisible palmada de optimismo nunca viene mal. Son como esos reconfortantes abrazos gratis que te ofrecen por la calle. Hacen falta. Los necesitamos.



Visto en la web abrazos gratis


Tercer intento. Escribo estas líneas sin saber aún qué día verá la luz este post que comienzo a teclear la primera tarde del primer día de este nuevo y olímpico año londinense, 2012. Y sin ilustración o fotografía que me apoye. Habrá que subsanarlo antes de que vea la luz. Tengo de fondo el musical Los miserables, en su versión inglesa. Por si eso ayuda...


Fin de año en Londres, Visto en el blog playandtour.net/audioguias-blog


Hace unos días, en uno de los blogs que sigo y admiro en la distancia y cercanía digital, llamado Acuarela Libros (blog muy pero que muy recomendable para todos los que nos movemos en el mundo editorial o que pretendemos hacerlo de alguna forma) apareció un post titulado Hernán Casciari responde a Lucía Etxebarría, escrito desde las filas de Orsai, otro blog imprescindible. Leedlo, por favor. Muy aprovechable. Extraemos algunos pasajes para despertar la reflexión latente que llevamos dentro. Primero el texto, luego las explicaciones:



"Durante 2011 editamos cuatro revistas Orsai. Vendimos una media de siete mil ejemplares de cada una, y con ese dinero le pagamos (extremadamente bien) a todos los autores. Los .pdf gratuitos de esas cuatro ediciones alcanzaron las seiscientas mil descargas o visualizaciones en internet.
Vendimos siete mil, se descargaron seiscientas mil."
(...) 
"Existe, cada vez más, un mundo flamante en el que el número de descargas virtuales y el número de ventas físicas se suma; sus autores dicen: «qué bueno, cuánta gente me lee». Pero todavía pervive un mundo viejo en el que ambas cifras se restan; sus autores dicen: qué espanto, cuánta gente no me compra.
El viejo mundo se basa en control, contrato, exclusividad, confidencialidad, traba, representación y dividendo. Todo lo que ocurra por fuera de sus estándares, es cultura ilegal.
El mundo nuevo se basa en confianza, generosidad, libertad de acción, creatividad, pasión y entrega. Todo lo que ocurra por fuera y por dentro de sus parámetros es bueno, en tanto la gente disfrute con la cultura, pagando o sin pagar." 
(...) 
"No hay demonios, en realidad. Lo que hay son dos mundos. Dos maneras diferentes de hacer las cosas."
Hay un grupo de locos, benditos sean, que se aglutinan en un único lugar: Orsai. Es una editorial que cree firmemente que se puede generar cultura de calidad partiendo de la premisa sencilla de que lo bien hecho es asequible, incluso gratuito, sin que nadie se sienta explotado, marginado, etc. y mucho menos el autor de los contenidos, llámese escritor, ilustrador, diseñador, poeta... Y fuera del modelo "tradicional", o si se quiere de manera paralela. Es ir a favor de los lectores sin menospreciarles, sin acusarles de latrocinio, ni acusarle de barbaridades varias que se leen por ahí. La idea es sencilla: compartir.

Os dejamos con un vídeo muy inspirador, al menos a mí me lo resulta. El texto entresacado de antes y la persona que aparece en el vídeo es la misma. Es la cabeza visible del proyecto Orsai. Se llama Hernán Casciari.




Creo que Hernán da en el clavo varias veces a lo largo de su vídeo. Sin duda, me ha despejado algunas dudas. Llevo tres meses al frente de un proyecto como es el de Impresiones. Con toda la gente que hablo se sorprende cuando le digo que los contenidos se comparten, que no cuesta nada, que las aportaciones de los ilustradores, traductores, fotógrafos... son totalmente gratuitas. Buscamos alta calidad editorial. Nos mueve la pasión por la poesía, la ilustración, los relatos, la edición en definitiva... Poco más hay en nuestras alforjas que lo que arrojamos al vacío digital que es un blog. Tened por seguro que recojemos mucho más de lo que damos.

No sé si podré hacerlo, o si lo que sueño es lo que vivo. Me pregunto qué quiero vivir dentro de este proyecto al que llamo Impresiones. Es hora de definir nuestra filosofía, qué y cómo es Impresiones, o cómo nos gustaría ser. A ver si puedo poner bit negro sobre bit blanco. Propongo un decálogo.


Decálogo de Impresioneslasjustas

  1. Queremos que Impresiones comparta siempre, de forma gratuita y de manera generosa, todos y cada uno de sus contenidos digitales. Independientemente de que algún día nos lancemos a imprimir bajo demanda, en pequeñas dosis, claro está, queremos que este primer punto sea la bandera a la cual no renunciemos. Es difícil de entender como filosofía empresarial dentro del mundo en el que vivimos, aunque para nosotros es bastante sencillo. Es muy diáfano. Hacemos lo que hacemos y ya está. Se crea, se diseña, se escribe con mucha pasión, se buscan cuantos aliados hagan falta para establecer un nivel determinado alto de calidad y se lanza uno hacia adelante. Y eso, se comparte, se regala, se distribuye. Poco más.
  2. Nos hemos metido en este lío para aunar posturas, conciliar puntos de vista. Nuestras puertas y ventanas están generalmente abiertas. Los cajones que pintaba Dalí están boca arriba. Cualquier inspiración, cualquier impresión, venga de donde venga, nos motiva y nos despierta. Nos hace ir hacia donde queremos ir. No queremos cadenas ni contratos de ninguna clase. Quien quiera trabajar con nosotros será bienvenido. Quien no le interese, tiene libertad para entrar y salir.
  3. A nuestros futuros, presentes y pasados autores queremos mimarlos para que sigan queriendo compartir su talento con nosotros. Ellos son los únicos dueños de su trabajo. Son la piedra filosofal, el corazón de Impresiones. Y a ellos les agradecemos enormemente que quieran compartir su trabajo, su talento con nosotros. La única pequeña salvedad que les ponemos es que dentro del espacio de Impresiones, todo lo compartan de forma gratuita y libre. Lo pueden vender, distribuir como quieran. Pero que nos dejen tenerlo de forma libre para que todo el mundo puede acceder a ese trabajo. Si no lo entienden o no están de acuerdo, es muy respetable. No es obligatorio quedarse. Faltaría más. En el punto dos dijimos que queríamos aunar posturas no dividir.
  4. Si en algún momento alguien está interesado en vender su trabajo, el modelo que pretendemos es muy sencillo de recordar: 50% gastos, 50% beneficios. Se comparte todo. Aunque todo es negociable, discutible, todo se puede hablar... Como digo, nos buscamos hacernos ricos. Hubiéramos puesto un banco o algo así de divertido.
  5. No competimos contra ningún modelo establecido, no somos una alternativa. Somos lo que somos. Otra forma de hacer las cosas. Respetamos lo que cada uno haga en su casa aunque no lo compartamos o comprendamos, obviamente. 
  6. Nos sentimos muy cómodos con la idea de Copyleft. Saber quien es el autor y admiradlo. Y si se quiere utilizar el contenido de Impresiones, con un simple email bastará. Todo nuestro contenido está bajo licencia Creative Commons 3.0.
  7. Pensamos con firmeza que la cultura puede ser libre, gratuita de alta calidad y que encima puede ser rentable para sus autores. Se puede distribuir de esa forma sin mayores problemas. Hay sitio para todos, la verdad.
  8. Editamos libros ilustrados, fundamentalmente de poesía. Cabemos todos, aunque las impresiones son justas. Los libros ilustrados siempre nos han fascinado. Admiramos a mucha gente talentosa. Pensamos que la poesía comparte mucho más de lo que parece en un principio con el mundo de la ilustración y del diseño gráfico. Nos empeñamos aquí en Impresiones que un poema se inspire en una ilustración y viceversa. Comparten mundos.
  9.  Todos nuestros libros son vuestros.
  10. También nos sentimos bastante Orsais, como Hernán, en este mundo que nos dice qué leer, qué escuchar, qué ver, cómo disfrutar de nuestras inquietudes y cuánto debemos pagar por ello.


viernes, 16 de diciembre de 2011

La soledad del bloguero de fondo. Día 3

En estos días, entre post y post, he vuelto a la España de 1627 de la mano del capitán Alatriste. La última novela del maestro Arturo Pérez-Reverte, El puente de los asesinos, nos traslada a esa España soberbia, canalla y decadente de los Siglos de Oro, cuando éramos algo en el mundo y decidíamos destinos y patrias, o al menos eso nos creíamos.



Ilustrado por Joan Mundet
El capitán, Íñigo, Quevedo, Copons, Malatesta y demás personajes me han acompañado de alguna forma a lo largo de estos años. Creo que leí el primero estando ya en la facultad, o estaba apunto de entrar. No lo recuerdo, la verdad. Mi memoria no anda muy precisa últimamente. Vivo al día, parafraseando a Rambo, vivo post a post. Lo que sí recuerdo es que me prestaron el primer Alastriste, y que después alguien me lo regaló, al igual que me ha pasado con todos los de la serie. Es curioso pero creo que en realidad no he comprado ningún Alatriste para mí, todos fueron regalos de cumpleaños, de Reyes, que hice o me hicieron... De hecho, El puente de los asesinos es un préstamo digital, por lo que supongo que luego se convertirá en regalo, para no romper la tradición. Y si encima pensamos en el momento del año en el que nos encontramos, no es difícil llegar a la conclusión a la que he llegado. Pasa el tiempo y nos vamos poniendo viejos. Íñigo, Angélica, el capitán, todos nosotros, en definitiva. No se asuste el apacible lector. No voy a hacer aquí una crítica de la novela (muy recomendable, muy apasionante, léanla). No creo que el maestro Pérez-Reverte necesite publicidad ni críticas amateurs, escritas desde la tribuna de Impresiones. ¿O sí...?


Me parece más interesante el juego que les propongo a sus mercedes. Estuve dándole un vuelta a la idea que ahora comparto en este post. Una de las cosas más impresionantes que logra Pérez-Reverte (y consigue muchas, la verdad) es la recreación de una época de forma tan fidedigna que es fácil imaginarse dentro de ella. Y eso me llevó a reflexionar lo siguiente. Si hubiera nacido a finales del XVI en vez de finales del XX, ¿qué lugar ocuparía en la historia? ¿Sería libre, sería un rufián? ¿Iría a Flandes a morir? ¿Conocería a Diego Alatriste? ¿Envidiaría a don Miguel de Cervantes y su Quijote? ¿Presumiría de ser amigo del gran Lope de Vega? ¿Me tomaría jarras de vino con el maestro Quevedo? ¿Y Pérez-Reverte? Le imagino como un mercenario que regresa de Flandes sin saber muy por qué carajo tuvo que ir o por qué tuvo que volverse de allí. Lo imagino muy amigo de Quevedo, con un pie en la hipócrita corte madrileña y otro en la taberna más mugrienta y canalla del viejo Madrid. Hecho el introito, dime lector, oh mon frère, ¿qué serías tú en la España del siglo XVII?

Logotipo inconfundible, creado por el maestro Manuel Estrada

Imagino que mi padre sería administrador de ábaco en ristre de algún adinerado terrateniente del pueblo en el que ahora vivo pero cuyo nombre no me quiero acordar. No querría saber nada de guerras ni de los tercios Flandes ni de conquistas, aunque estaría muy orgulloso de ser español del glorioso Imperio, donde no se ponía el sol en sus dominios. Nos recitaría algún poemilla de vez en cuando de Fray Luis a modo de lección de la vida. Lo imagino todo en una casa grande de dos plantas, grande y sencilla, una casa de pueblo, lejos de la cortesana, apasionante y corrupta Madrid. Una casa con mucha gente, con muchos niños, con muchos nietos.




Mi madre sería un gran retrato de Velázquez. Sería una mujer serena de su tiempo, temerosa de Dios y de lo desconocido, desgastada por la vida y los numerosos disgustos de sus numerosos hijos, nietos, sobrinos... En su cocina comeríamos todos. Y la frase donde comen dos, comen tres, estaría en plena vigencia, de hecho estaría grabada en el dintel de la puerta. Tendría mucho sentido, ¿no creen? Ambos, mi padre y madre serían castellanos viejos y estarían orgullosos de serlo y de proclamarlo donde hiciera falta. La iglesia y la fe marcarían su vida y la de sus vástagos, para bien o para mal.

Mis hermanos mayores serían bachilleres o licenciados o mercaderes. Sin duda, serían comerciantes, con puntos de vista encontrados, irreconciliables. Uno representaría el dinero, la bonanza, el estoy muy orgulloso de mi vástago. El otro, injustamente venido a menos en los últimos tiempos, sería la comparación deshonesta con el primero, el que tuviera un negocio seguro entre las manos pero que se le escapara al final por mala suerte. Hablarían de política, de la Corte, de nuestro rey Felipe IV, de Flandes, de Venecia, del lugar qué ocupa España en el mundo. Sus posturas serían claramente divergentes.

Mi hermano pequeño estaría en Flandes o recorriendo las Américas viendo el mundo a través de sus quevedos, con una mochila al hombro como único equipaje. Tampoco creería en la guerra, como mi padre, pero querría ver más que la ancha Castilla. Sus cartas se contarían a cuentagotas pero valdrían para nosotros, varios miles de maravedíes. Se le hubiera quedado pequeño el pequeño país que era España, poderoso imperio ya en decadencia.

Y mi hermana pequeña, ay... no sabría decir a vuestras mercedes qué podría ser. A este infame narrador le faltan adjetivos y sustantivos. Serán las musas, que se han largado con otro. Últimamente el tal Cervantes las tiene todas consigo... Mi hermana sería artista, o pintora, o violinista, o juglar, o payasa, o cantante, o todo y nada a la vez... No sería, desde luego, común. No trabajaría en una tienda convencional. Sería medio bruja, medio maga. Sin duda. Ni la Inquisición ni la poderosa iglesia de nuestro Señor se atreverían a juzgarla. Desde luego no pasaría desapercibida, vive Dios si les miento a vuestras mercedes. Imaginen el oficio más alegre y divertido y más fascinante que pudiera existir en la España de los Quevedos, Alatristes o Cervantes, y créanme si les digo y les juro, voto a Cristo, que seguramente ella lo haya inventado.

Si en vez de nacer en este tiempo de Internetes, Facebooks, Twitters y tecnologías varias, ¿qué sería yo? Si yo hubiera sido coetáneo del capitán, ¿sería mosquetero del rey? ¿Sería millitar, como Diego Alatriste? ¿Mataría en un callejón oscuro? ¿Tendría esa escarcha y glauca mirada de la que hablan los libros que leo? No creo, no me veo, la verdad... ¿Sería mercenario? De alguna forma, supongo que sí. ¿Quién puede decir que no lo sea? Sería seguramente profesor de latines y humanidades, con unos pequeños quevedos, sombrero de ala ancha, un libro siempre entre las manos e intentando escribir algo. Llevaría ropa vieja, como de mendigo o de pordiosero, despistado y con cara de sorpresa, con ganas de ir a la Universidad pero sin posibilidades. Sería poeta menor obsesionado por los sonetos alejandrinos, con fobia a publicar, con zozobras estúpidas que guardaría para mí. Voto a Dios que no es un siglo para zarandajas ni pusilánimes. Y menos si uno es español de esta España de imperios oceánicos, temida y envidiaba en toda Europa.

¿Sobre mi estado civil? Ésa es fácil. Estaría casado con la mujer más hermosa del mundo, una rubia Dulcinea de un pueblito de nuestra hermosa capital Toledo, cuyos padres emigraron buscando futuro y fortuna. Casado por la iglesia, como Dios nuestro señor manda, aunque en el fondo no estaría muy convencido de iglesias ni dioses. No vivimos en un tiempo donde eso se pueda decir en alto.



Quizás trabajaría en la Gazeta de Madrid como impresor, o editor o como simple y anónimo copista. Estaría interesado en las máquinas aunque posiblemente no imprimiría directamente, pero me fascinaría, voto a Dios. Me veo en una imprenta corrigiendo quijotes y sanchos, buscando erratas y pensando en el cierre de la edición que está por cerrarse. O hablando con don Miguel, diciéndole que su novela estaría preparada en cuatro días o buscando el consejo de Quevedo (que pasaría lógicamente de mí como si de un vulgar judío se tratara. El amigo Quevedo era un pelín misógino y antisemita. Nota del editor).



Conociéndome como creo conocerme, es muy probable que tuviera algún susto con la Inquisición. Mi gran torpeza para hablar de lo que no se debe cuando no se debe, me traería algún quebradero de cabeza. Nada grave, no se inquieten vuestras mercedes. Sería como un tirón de orejas, poco más. Sería español aunque sin sentirme realmente así. Ningún humanista que se precie se puede sentir cómodo con una única bandera. No sería temeroso de Dios pero no lo confesaría en alto. Mantendría las apariencias, hipócritamente, como todos. Escribiría con pluma soñando con un sistema universal, con un libro, con un legajo que contuviera todos los libros del mundo en un solo objeto. Llevaría sombrero pero no espada. Leería aunque no por la noche. Lo que seguro que haría sería ir al Teatro siempre que pudiera y no creo que me perdiera muchas obras de Calderón o del gran Fénix de los Ingenios. Iría a misa de doce, para complacencia de mis padres y disgusto propio.



Releyendo lo que acabo de vomitar por escrito, les confieso a vuestras mercedes que no sería yo un rapaz muy distinto al actual. Sería como soy. No creo en la frase de cualquier tiempo pasado fue mejor. Tampoco lo contrario. Creo que cualquier tiempo siempre fue como le dejaron ser.

Veo a muchos de amigos quejándose, triunfando, siguiendo el trabajo de sus padres, metidos en oficios diversos, muriendo en Flandes, haciendo fortuna en la tierra del Nuevo Mundo. Los veo en el Corral de Comedias, jugando con antorchas y haciendo magia entre bambalinas. No quiero describir cada vida. Que cada cual se imagine en los mugrientos caminos del poblacho que era Madrid y me lo cuente después, pardiez. Bastante tengo con narrar la mía.

martes, 22 de noviembre de 2011

La soledad del bloguero de fondo. Día 2

Hoy ha sido un día extrañamente largo y completo, bastante cansado, incluso más de lo habitual para un lunes a finales de este mes que se llama noviembre. La mañana ha tenido un perfil didáctico. Primera novedad. He vuelto a enfundarme el viejo traje de trabajo de la docencia, ése que durante algunos años llevé. He madrugado antes de que el día fuera día. He salido con la quietud de la noche. He vuelto a ponerme gratamente nervioso como un actor antes de abrir el telón. He vuelto al placer de volver a dar clase. Un privilegio donde continúas aprendiendo a medida que vas enseñando. La autoría de ilustración que acompaña está en este link. Es de Jaime Álvarez Sánchez. A él, agradecidos.


Volver a ser profe sin duda ha sido lo mejor del día. Ha sido muy divertido. La voz ha recuperado su tono habitual, su ritmo pausado, a sus frases cortas, a su inflexiones casi dramáticas para cambiar el ritmo de la clase. He vuelto a lo que fui, a lo que posiblemente siempre fui y que posiblemente, aunque no ejerza, no deje de serlo nunca. Mi voz ha vuelto a casa. No sé si es lo mío o si solo soy un visitante ocasional, un pariente lejano que de vez en cuando debes prestarle alguna atención.

La tarde, por contra, ha sido muy diferente a la estupenda mañana, muy parecida a miles de tardes, donde unas se terminan confundiendo con otras. ¿esto lo hice el viernes o fue el jueves, o pasó algo similar el mes pasado? Esa rutina insípida con sabor a trabajo ordinario, aunque algo más complicada que de costumbre. 

Mis tardes son como "el día de la marmota" de aquella película. Puedes estar un año sin aparecer por allí que en tu vuelta poco o nada ha cambiado. Ni tan siquiera la gente parece envejecer. Los mismos chistes, las mismas gracias, las mismas preocupaciones, los sueños gastados de buscar sin hallar nada. Debe ser el lugar, el edificio, que nos conserva a todo tal y como éramos.



Ésas son mis tardes, como las de la pobre marmota. Sin embargo, no ha sido hoy de esas tardes eternas donde las horas parecían estar de vacaciones, que no se iban aunque las apremiaran. Ha sido un ritmo continuo. Ni tan siquiera he precisado que la música, esa que calma y amansa a la fiera, me acompañara en el viaje. La manzana telefónica me miraba en la mesa un tanto confundida, muda. No comprendía muy bien el papel que debía representar esa tarde. Se ha visto relegada a un mero objeto que descansaba en la mesa sin función ni trabajo. No ha sido mi refugio, mi cueva habitual. Es ponerse los cascos blancos y uno se cuelga sin querer el cartel de No molestar. A veces está bien. Otras veces, ayuda poco. Ni tan siquiera ha funcionado como lo que es básicamente, un teléfono que te saca los ojos de la pantalla del ordenador.

Ha sido agradablemente extraño. Hacía mucho tiempo que no volvía a mi vieja mesa, con mi viejo ordenador sin Internet, ni redes sociales ni correo externo ni periódico que valga ni curiosidad infinita por donde se van mis horas de viaje. He vuelto a mi vieja silla, con mis viejos amigos cerca de mí. La soledad laboral de otras ocasiones hoy no me ha hecho compañía. Me he sentido menos ermitaño que de costumbre. Muchas veces me conformo con estar cerca de la gente que me hace sentirme bien de alguna forma. Parece que nos es mucho pero sin duda es mucho más que suficiente.

Y llega la noche, que me coge agarrado al Mac. Se presenta tibia como mi Cola-Cao de la seis treinta de esta mañana ya tan lejana. Ha debido llover. Desde mi mundo sin ventanas de la tarde no sabe qué tiempo ha habido fuera. Recoges el olor justo antes de coger el coche, mientras conduces con la radio puesta y la mente en otro sitio, quizá en la clase, quizá en saber que mañana por la mañana continuaré la clase que dejé sin concluir hoy. Me han regalado una semana para hacer lo que no hacía desde mi ultima vida: enseñar, hablar con unos desconocidos y mostrarles lo poco que sé, que es nada, para terminar viendo en sus caras que comprenden lo que les digo, que ven que puede servirles para algo. No hay nada tan frustrante como aprender aquello que no tiene sentido, que no te sirve.

Ahora sí he dado rienda suelta a la música cautiva, y tras los primeros acordes de un disco de Silvio y de Aute, he comenzado a escribir este post. Esta noche tranquila de posible lluvia fina que está por caer, se presenta como el refugio de la escritura que hoy busco en el blog. Se acaba el día, para mañana volver, a empezar desde cero.


Hay muchas cosas gratificantes en mi trabajo como editor, o como futuro editor. Me gusta el futurible. Es un buen futurible. Como el aprendiz que me consideré siempre ser y que me sigo considerando, ese aprendiz que no se atreve a llamarse en voz alta editor, pero que piensa en libros, en poemas, en publicaciones posibles. ¿Seré acaso ya ese editor que siempre soñé y aún no me he dado cuenta? ¿Cuándo uno se convierte en editor? ¿Cuándo un reúne un puñado de textos con una determinada finalidad, cuándo habla con tal autor, pide permiso a un ilustrador o a un traductor?

Me disperso... Un par de apuntes en esta soledad del bloguero de fondo. Decía que lo más gratificante es poder descubrir cada día algo que te ilusiona, ver la enorme genialidad de esa gente anónima que comparte con valentía y derroche su talento a manos llenas. (La frase es del gran Juan Echanove en un texto de un disco, tras conocer la muerte de su amigo Antonio Flores). Esa gente a la que me acerco porque me ha impresionado (impresioneslasjustas, ya saben) su forma de dibujar, su manera de expresar lo cotidiano.

Sin embargo, lo que más me fascina es que la gran mayoría a los que escribo para solicitarles autorización para usar o mostrar su trabajo, expresan con mucha gratitud el hecho de que se les escriba para pedirles permiso. ¿En qué mundo vivimos en lo que lo ordinario, las buenas formas, la educación, el preguntar a alguien "te parece bien que..." nos resulte tan extraño? Los autores y creadores anónimos estamos acostumbrados a tan poco que cuando se no da un pelín de juego, nos mostrarnos muy agradecidos, satisfechos de que otro alguien anónimo te llame a tu puerta y te diga "Me gustó tu trabajo. Es fascinante. Gracias por hacer que sienta lo que siento."

Mi gratitud hacia esos anónimos que dejan de serlo para mí es enorme. Poder compartir o de acercarme a su talento es beneficioso para mi salud, sin duda. Aprecio ese talento a manos llenas del que hablaba antes, ése que nos rodea y nos acompaña en cada post de Impresiones. Sin ellos, desde luego que estas impresiones serían, como mucho, las justas.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

La soledad del bloguero de fondo. Día 1

Como en aquella película titulada La soledad del corredor de fondo, comienzo a escribir este post extraño que no sé aún si me llevará a alguna parte o si lo romperé digitalmente negando su existencia poco después de terminarlo. 


Me gustaría dejar por escrito a modo de bitácora vital, esta loca aventura llamada Impresioneslasjustas. Tengo la sensación de que tengo que escribir para no olvidar. Elegir entre el olvido y la memoria... Dejaré miguitas de pan por el camino, por si algún día tengo que regresar al punto de partida. Una de estas miguitas bien podría ser este post.


Tengo a mi izquierda un libro de poemas de Bukowski, de donde extraigo pequeñas frases, apuntes o ideas para llevar a cabo. Acabo de subir un post con un poema genial suyo y unas ilustraciones que lo acompañan magníficamente. El trabajo de este martes lluvioso parece haber concluido. Esa soledad de fondo que se siente a veces siendo bloguero, hoy está saciada. 


Debo confesar que siempre que termino un post, en algún momento del día me acuerdo del mito del pobre Sísifo. Transcribo un pasaje que he encontrado navegando por la red. Es extraño en mí, pero no recuerdo de dónde lo extraje y no tuve la precaución de anotarlo en ningún sitio. Es éste:


"Cuenta la historia que los dioses habían condenado a Sísifo a empujar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña, desde donde la piedra volvería a caer por su propio peso. Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza."  



Al hilo del mito, me viene a la cabeza una frase de un buen amigo. No sé si la leí o me la dijo. La memoria me gasta estas bromas pesadas. Mi amigo se llama Josep Pons. Es el editor responsable del proyecto llamado editorial Melusina. Casi ná... Decía algo así como que lo peor del oficio de editor no era las molestas devoluciones de  los libreros, ni lidiar con autores, ni los plazos de entrega... Lo peor, sin duda, era dar de comer a la bestia. Se concluía un libro pero poco tiempo había para saborearlo. Había que alimentar a la bestia con otro distinto. Y así, como Sísifo, en un bucle que parece no tener fin. 


En mucha menor medida, por supuesto, debería etiquetarme como el aprendiz de bloguero que acaba de nacer bajo el paraguas del mundo digital, compuesto de ceros y unos y que se ha propuesto la absurda idea de que cada día, el contenido de su blog editorial cambie. En definitiva se trata de alimentar a la bestia. Intuyo que material hay de sobra para compartir varias vidas y aunque el tiempo escasea, me amarro al duro banco cada día y actualizo el blog. Soy esclavo de mis propias ansias, prisionero de las cosas que imagino hacer. A veces me preguntó que pensaría el pobre Sísifo al subir cada día su roca y qué sentiría al caer para volver a empezar. A veces le comprendo perfectamente.

El libro de Hank (el alter ego de Charles Bukowski) , ése que curioseo más que otra cosa, parece insultarme. De lo que estoy seguro es que su autor se debe de estar descojonando vivo, borracho perdido donde se encuentre, de los insulsos intentos de los que aporreamos las teclas, como le ocurría a él, noche tras noche. ¿Qué buscamos los que estamos en los capítulos de más allá, como diría Cortázar? ¿Qué buscamos los que publicamos día tras día un nuevo post, o un poema, o un ensayo, o un relato? ¿Qué nos alimenta para levantar esa roca pesada y llevarla hasta arriba? ¿Por qué escribir? Sabemos que mañana tenemos que volver a hacer lo mismo. En los días malos, donde los fantasmas salen de sus encierros y me torturan, en esos días, le cambiaría el puesto a Sísifo sin dudarlo.


Si a mi izquierda estaba el libro de Bukowski, a mi derecha hay una hoja de papel a medio emborronar. Lleva un poema frustrado que tiene pinta de ser una tentativa más que una realidad. Me temo que hoy no habrá poema en los tinteros que como diría el flaco Sabina, tinteros borrachos de tinta que ordeño a diario.  

A mi derecha, como siempre, hay algún papel escrito o con tachaduras. Escribo a mano y luego, si creo que merece la pena, lo paso a esa máquina sin alma llamada ordenador. Lo privado lo sigo escribiendo a mano. Si es trabajo, lo tecleo. Es fácil distinguir un acto del otro de esta manera. Es más gráfico tachar que darle a la tecla de borrar, que no deja huella alguna. Manías... De ese poema frustrado nace la necesidad de cambiar de registro, de pasarme hoy a la prosa e intentar engañar a la musa con otro género.


Quizás, lo importante para Sísifo no es que se plantee si su trabajo merece la pena o no, si tiene sentido o hay que abandonar, si ese enorme esfuerzo de llevar la roca pendiente arriba le lleva a pensar "¿para qué tanto esfuerzo?" 


Quizás, y solo quizás, lo importante es saber si uno puede empezar de nuevo su trabajo, desde abajo, desde cero, si tendrá fuerzas para llevarlas a cabo. A lo mejor la pregunta adecuada sería "¿y por qué no?"